Despejen la pista, que despegamos

Lo malo que tiene querer empezar la casa por el tejado es que hay que ir solucionando los problemas que surgen de forma atropellada y chapucera. Y eso, siendo buenos con la descripción.

Algo así es lo que ocurre en mi lugar de trabajo. El edificio donde están nuestras oficinas es antiguo; mejor dicho, es bastante antiguo.  Cuando se construyó, a nadie se le ocurrió pensar que algún día sus habitaciones albergarían un cachivache llamado “router”, ni una red local de dieciséis puestos, ni nada remotamente parecido. Por eso no hay que culpar al arquitecto que lo diseñó, ni a los diversos propietarios que lo fueron reformando. Si hay que tirarle de las orejas a alguien, será a las lumbreras que decidieron convertir el inmueble en una oficina moderna que te cagas sin pararse a ver si había o no había infraestructuras.

¿Que a qué viene toda esta diatriba? Pues a que, con las prisas de instalar los equipos informáticos, se ha terminado haciendo una chapuza de magnitudes catedralicias. Vamos, que como no había una habitación especialmente dedicada para el servidor, con su refrigeración y todas sus cosas, nos han dejado el mamotreto allí, en la misma sala donde pasamos toda la jornada y donde, como es lógico con este temporal, tenemos puesta la calefacción. Tendrían que oír los ventiladores del pobre cacharro, girando a tope de revoluciones, de forma que parecen los motores de un 747 a punto de despegar.

Y no es ya que, con tanta sobrecarga, el servidor esté amenazando con palmarla al poco de estar en funcionamiento; es que tanto ruido nos va volver locos a todos. Los compañeros y yo estamos pensando en pedir para estas navidades unos protectores de oídos como los que usan en las obras. Eso, o descuidar la higiene auricular para que se nos taponen los conductos auditivos con cera suficiente como para enviar al museo de Madame Tussauds una representación a escala 1:2 de la Batalla de Lepanto. Barcos incluidos.

Pero bueno, parece que los jefes han entrado en razón y ya han aprobado el presupuesto para habilitar un espacio más reducido -y debidamente refrigerado- para trasladar el mamotreto a la mayor brevedad posible. Que, en esta época del año, significa “para después de Reyes”. Como si no nos conociéramos ya, hombre…

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Vacaciones (o casi)

Si es que no tengo arreglo. Llevo desde principios de mes de vacaciones; no me tengo que incorporar al trabajo hasta dentro de un par de semanas, y ya me he llevado el primer disgusto laboral: por lo visto, la semana pasada, mientras yo me tostaba panza arriba en la playa, llevaron a las oficinas el servidor que se supone que tengo que administrar, más un montón de trastos que se supone también son de mi competencia. Total, que como no quiero que el primer día de trabajo “oficial” me pille de sorpresa, hoy me he llegado por las oficinas a ver los mamotretos.

Y qué mamotretos, madre mía. Vamos, que más me vale volver descansada y con la mente a tope si quiero que la red vaya fina, sin atascos y sin hacer cosas raras.

Creo que me voy a ir otra vez a la playa…

…Y seguimos con el escáner

Hace unos años alguien me dice que voy a acabar echando de menos la antigua máquina de digitalizar y me río en su cara. Pero ya se sabe lo perra que es la vida, y la máquina nueva que nos han traído es el claro ejemplo de que “más moderno” no significa “mejor” ni “más rápido” ni “más cómodo”.

Si bien con el mamotreto que teníamos antes acabábamos con contracturas hasta en las pestañas, al menos podíamos trabajar sentados y el proceso era más rupestre, pero también más rápido. Sobre todo cuando se cogía práctica. Era fácil: colocabas el documento, lo rodeabas con un marco arrastrado con el ratón, le dabas al “enter” y zasca, documento guardado en el PC. Cero al cociente, y se baja la cifra siguiente. Ahora no. Con esta nueva maravilla tecnológica, el proceso no sólo es más complicado, sino también infinitamente más lento, y como salga algo mal, repetirlo es un auténtico suplicio chino. Antes podíamos tener digitalizados doscientos documentos en una hora; con la nueva, si llegamos a treinta ya es un logro. Que saldrán muy bien de calidad, no te digo que no, pero la exasperante lentitud, la incomodidad de la postura y la de veces que nos toca repetir algo que no ha salido bien porque el “automático” te trastoca más las cosas que te las arregla, hacen que lo que antes era un trabajo que se hacía sin muchas complicaciones y hasta con gracia, ahora es lo más desmotivante del mundo. Y no es que tengamos ya mucha motivación.

Al menos, el ordenador que nos han traído es nuevo y no está dando -por ahora- muchos problemas. Sólo faltaba tener que abrirlo cada dos por tres para encontrarme algún despropósito en forma de ventilador obturado por un disco duro mal puesto u otra cosa similar.

Y no nos atrevemos a quejarnos, porque lo mismo la próxima máquina que nos manden es todavía más incómoda.

Y no nos atrevemos a quejarnos, porque lo mismo la próxima máquina que nos manden es todavía más incómoda.

El escáner vuelve de la tumba

En estos últimos tiempos me da la impresión de estar volviendo hacia atrás en el tiempo, como si hubiera traspasado alguna brecha cósmica.

En mi trabajo se ha decidido continuar con un proyecto que teníamos aparcado desde hacía casi cuatro años, y de nuevo nos hemos tenido que poner en contacto con la misma empresa que lo gestionaba: la misma del ordenador recalentado del que ya hablé en otra ocasión. Así que hoy mismo han vuelto a montarnos allí otra vez la maquinita de digitalizar, con la que mi sufrida compañera del curro y yo habremos de pelearnos en los próximos meses.

A ver, a mí escanear no me supone un trauma (siempre que sea en unas condiciones laborales adecuadas), pero a lo que le temo es al “soporte técnico” que vamos a tener, que como sea igual que el de la otra vez, voy a pasarme más rato con el destornillador en la mano que digitalizando fotografías. Y luego encima querrán meternos prisa y que terminemos el trabajo ayer.

Pero no me quejo, la verdad. Tal como están las cosas, mejor esto que nada; aunque a veces me dan ganas de tomarlo todo a tomar por do la espalda pierde el su casto nombre y empezar de cero en otro país. O, si fuera posible, en otro planeta.

Al menos habrá una cosa buena: posiblemente acabe con más anécdotas que contar en este blog, que últimamente mis lusers están de lo más calladito.

Mi portátil strikes again

¿Os acordáis de mi portátil, el que, después de instalarle el Alcohol 120, empezó a ponerse tonto y a darme pantallazos azules como si el mañana no existiera? Pues otra vez ha estado tocándome las narices.

Resulta que ese portátil lo utilizo sobre todo para trabajar, así que imagináos mi cabreo cuando, hace unas semanas, empezó a colgarse, a ir más lento que un caracol con orquitis y a darme problemas de todo tipo a la hora de apagarlo, que se eternizaba, el tío. Total, que me lié la manta a la cabeza y dije de formatear y reinstalar el sistema. Fácil: copia de seguridad de todo, meter el disco de recuperación y hala, a trabajar.

O eso creía yo. Al poco rato de iniciarse el proceso veo que me sale un error. Brrmfff… bueno, venga, empiezo otra vez. Barrita que va avanzando, avanza, avanza, se para, error. Imprecación gorda. Pienso “a la porra”, cojo un disco con una distribución de Linux (“venga, Ubuntu Jaunty“) y lo mismo: arranque desde el CD, comienza la instalación… y zasca. Error. Aquello que se para, me dice que “no puede instalar el GRUB” y se queda tan ancho.

Aquí fue cuando ya se me escapó el taco gordo, porque eso tenía pinta de que el disco duro estaba gagá. Total, que hago lo que deberían hacer muchos aficionados y llevo el cacharro al servicio técnico. Y mano de santo: ayer mismo lo recogí y va que da alegría verlo: suavito, sin cuelgues, sin atascos y sin tonterías. Había sido un fallo de disco, pero no de hardware, con lo que tuvo un apaño relativamente fácil y rápido. Eso sí, los cincuenta loros de factura los he tenido que pagar. Y la culpa seguro que la ha tenido el Güindos…

chiste

La mente del luser

Hoy os ofrezco un documento verdaderamente espeluznante: una mirada fugaz, pero no por ello menos horrible, a los oscuros recovecos de la mente de un luser. ¿El sujeto de estudio? Yo misma.

Si bien con la informática me defiendo más o menos bien, dentro de unos límites, con otras cosas no necesariamente tengo la misma gracia. Y, a la hora de organizar la logística casera, puedo ser tan borrica como el que se extraña de que el ratón USB no funcione tras haberlo encajado a martillazos en el conector PS/2.

Debido al ingente volumen de libros y documentación varia que he ido acumulando a lo largo de los años, decidí ir a un conocido centro comercial a comprarme una estantería para montarla en casa. Hasta ahí, bien: escogí un modelo no muy grande, lo metí en el carrito, lo pagué y a la calle.

Y entonces llegó el problema: no tengo coche, así que fui a coger un taxi con el mamotreto a cuestas. Pero me dice el taxista que la estantería, de 1,80 de alto, no cabe; que ni echar los asientos para abajo ni flowers. ¿Y qué hago yo? ¿Volver al centro comercial y pedir que me lo manden cómodamente a casita? ¡Nooooo! Pensar, por llamarlo de alguna manera: “Bueh, total, estoy a veinte minutos de casa y esto no pesa tanto; yo me planto ahí en dos patás“. Cojo mi mueblecito desmontado, con un peso de 25-30 kilos, y echo a andar avenida abajo. Y, oye, al principio iba bien: una va al gimnasio y tiene sus musculitos, así que estaba yo toda confiada en que llegaría a casa sólo un poco cansada y con la satisfacción del deber cumplido. Ahí, como una campeona.

ERROR.

No llevaba ni la mitad del camino cuando me empezaron a doler los brazos. Poco después, el dolor se extendió a la espalda. El ritmo de mi marcha se ralentizó bastante, porque cada medio minuto me tenía que parar. Llegó un momento en que apenas si podía levantar aquel peso, con lo que lo llevaba casi a la rastra. Y llegó la punzada en la zona del deltoides, cuando todavía me faltaba un buen trecho para llegar.

En ese momento terminó mi “momento luser”, porque me di cuenta de que había hecho el gilipollas (un luser de verdad, como sabéis, jamás alcanza esta fase). Así que allí me veis, con dolores musculares generalizados, sacando el móvil del bolsillo y llamando a la caballería (la caballería, por cierto, actuó con prontitud, eficiencia y una dosis de cachondeo que va a durar hasta que me jubile, pero es lo menos que me he ganado).

¿Qué me ha enseñado esto, aparte de que no soy Mariusz Pudzianowski? Algo importantísimo a la hora de hacer de SAT oficioso: cómo funciona la mente de un luser; por qué alguien es capaz de perpetrar una enorme cagada pensando que lo está haciendo mejor que nadie. El exceso de confianza en las propias posibilidades, basándose en una o dos veces en que se ha hecho algo bien (en mi caso, el entrenamiento de pesas en el gimnasio), y la creencia -errónea- de que esos éxitos son extrapolables a cualquier situación. No es lo mismo saber escribir un trabajo de clase en el Word que cambiar una tarjeta gráfica, de la misma forma que no es igual hacer levantadillas de 30 kilos que cargar con esos mismos kilos a cuestas durante un trayecto de veinte minutos.

Al menos la historia acabó bien: la estantería ha quedado la mar de cuca en mi sala de estar, y yo sólo he escapado de esto con una contractura muscular king-size en la espalda y un par de hematomas en los brazos. Podría haber sido peor. En fin, voy a ponerme otra pasada de Algesal.

Uno que no tendría problemas transportanto estanterías por la calle.

Uno que no tendría problemas transportando estanterías por la calle.

Futuro profesional

Nos quejamos de vicio. Que si hay mucho paro, que si los sueldos son bajos, que si estamos explotados… ¡Paparruchas! Tenemos en nuestra mano la llave a un futuro brillante y prometedor, con elevados ingresos y altísima respetabilidad profesional. Sólo hay que pasar una temporadita en la cárcel.

No pongáis esas caras, que me lo ha dicho alguien que entiende mucho. El otro día estoy tan tranquila en el trabajo, peleándome con mis tareas habituales, y viene el becario que tenemos apalancado allí todo el mes y empieza a darnos palique a mi compañera y a mí. Y, entre otras cosas, sale el tema de la seguridad informática. Yo hago un par de comentarios sobre lo poco seguras que son las conexiones públicas y las precauciones que hay que tomar con el acceso WiFi (¡nada más que eso!), y me salta el tío:

“Tú serías una buena hacker”.

“Ah, vale, que con saber que las redes WiFi públicas son poco seguras ya se tiene madera de hacker” –pienso. “Pues nada, ahora me cuelo en los equipos de Recursos Humanos y me triplico el sueldo”. El pavo continúa:

“Pues eso es una garantía de empleo, ¿eh? Que si hackeas algo y te meten en la cárcel, cuando sales enseguida encuentras trabajo, porque las empresas buscan esos conocimientos”.

Aquí fue cuando me quedé ya ojiplática del todo y, por el bien de mi salud mental, me negué a continuar la conversación por esos derroteros. Yo no sé en qué mundo vive este muchacho, pero me parece que ha visto demasiadas películas. Para empezar, tal y como está el patio, lo último que puede quedar bien en un currículum vitae es decir que tienes antecedentes penales. Item más, si has acabado en el trullo por juanquear un sistema, es que muy hábil no serás; más valdrá contratar a alguien que no se deje pillar tan fácilmente. So memo.

Creo que estos comentarios evidencian el desconocimiento del común de los mortales sobre todo lo referente a la informática, más la mitología que existe en torno a los hackers y a los aficionados a los ordenadores en general. Y eso sin mencionar las campañas del gobierno dando a entender que cualquiera que tenga un PC es un pirata y un ladrón; vamos, cualquier cosa menos una persona normal. Así se ve luego lo que se ve…

Aniceto Antúnez Barragán formateó el ordenador de su jefe por hacer la gracia y cuando salga cobrará más que un ingeniero.

Aniceto Antúnez Barragán formateó el ordenador de su jefe por hacer la gracia y cuando salga del talego cobrará más que un ingeniero.